jueves, 22 de noviembre de 2007

Descubre tu Buda interno




Todos guardamos celosamente divinos tesoros; ellos son nuestra capacidad de dar y recibir amor, de disfrutar, agradecer, perdonar, reír y fundamentalmente soñar. El poder sortear los egoísmos, pequeñeces y superficialidades para valorar en uno mismo y en los demás, aquello que es verdaderamente importante, es uno de los valores más codiciados y premiados por la ilimitada prosperidad divina. Hoy quiero contarles un cuento que los inspire en el amor, en el optimismo y en el descubrimiento de las valiosas riquezas que cada uno tiene encerradas en su interior. Ojala lo consiga…






Había una vez una princesa exageradamente bella a la que todos admiraban profundamente y como muestra de esa fascinación el pueblo le ofrendaba costosísimos presentes. Un día entre los magníficos regalos que recibía le llega una caja totalmente en desuso, descolorida y algo ajada en los bordes que contenía un Buda de barro adentro. Como era de prever ese obsequio la sorprendió doblemente; primero porque no era similar a todo aquello que ella estaba acostumbrada a recibir, y segundo, porque nada tenia que ver con lo que ella anhelaba, imaginaba o esperaba recibir. Automáticamente, y sin mirar demasiado las formas, se lo ofrece a la criada convencida de que ella sí lo disfrutaría.




La criada con enorme alegría le escogió el mejor lugar de su habitación para exponerlo, mirarlo y agradarse con su compañía. Cada día lo limpiaba con inmenso cariño, hablaba con el y conmovida se disculpaba por el desaire que había hecho su patrona con este Buda por ser de barro. Pasaron algunos años y allí seguía la estatua. Hasta que un día, apresurada por los quehaceres domésticos, paso eufóricamente por su lado; el Buda se engancho en su vestido, se cayo al suelo, se rompió en unos cuantos pedazos y apareció milagrosamente un Buda de oro con una tarjeta que explicaba que quien fuera portador del mismo era también acreedor del Palacio que estaba ubicado en la montaña con todos sus tesoros. La criada tomó su Buda de oro, su tarjeta y con indescriptible alegría viajo largas noches rumbo al Palacio. Cuando llego al lugar comprendió que solo con ese Buda de oro se podía abrir la puerta, y así lo hizo. Ya dentro del lugar se sorprendió aun mas al ver un cofre repleto de monedas de oro. Allí vivió feliz hasta el fin de sus días.






Las cosas no son siempre como se muestran a nuestros ojos, la mirada del interior es más sabia que la ilusión que a menudo nos inspiran los sentidos. Solo quien vive regido con las leyes del corazón y se arriesga a ver su vida a través del barro descubre su propio tesoro y la providencia lo sorprende colmándolo de riquezas.


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