lunes, 12 de noviembre de 2007

Santería Echú en Africa




Echú en Africa


El culto a Echú en parte se debe al temor que inspira su malevolencia, es innegable que en todos los creyentes este dios despierta honda admiración. Todos reconocen su gran poder y la rapidez de su acción que, unidos al don de ubicuidad que posee, lo hacen un dios sumamente peligroso y eficaz.








Dioses con características semejantes a las de Echú son frecuentes en los panteones del Africa ecuatorial occidental. En Dahomey, por ejemplo, Echú es un dios muy importante al que se conoce con el nombre de Legba.




Se han hecho muchas interpretaciones etimológicas del nombre Echú. Parece derivarse de la palabra chu (tirar evacuar) ; chu también quiere decir «ser o convertirse en oscuro». Para muchos el nombre Echú vendría a significar «el oscuro» o «la oscuridad». Generalmente los que opinan así creen que el nombre del dios hace referencia a su supuesto carácter diabólico.




El nombre específico del dios, Elegbara o Elegba se supone que significa «el que salva» o «el que agarra» o «el que golpea con un palo». Este dios siempre lleva un palo con el que golpea a sus enemigos.




Muchos consideran a Echú una especie de diablo africano, algunos dice que Echú es el diablo, el príncipe de la oscuridad. Otros también lo considera la personificación de la maldad, un verdadero Satán. Echú vendría a ser la negación de Olodumare, el principio negativo opuesto esencialmente al Dios Supremo. Muchos de los que piensan esto eran misioneros cristianos, quienes creyeron descubrir en este dios, al diablo de los Yoruba. Pero la verdad es que la identificación de Echú con el diablo cristiano no es adecuada. A Echú no le temen los hombres y las divinidades porque es el diablo, sino «porque en virtud del cargo que desempeña tiene el poder de vida o muerte sobre ellos ya que la prosperidad o la calamidad dependen de los reportes que sobre ellos lleve Echú a Olodumare». En otras palabras, Echú es el mensajero de la Deidad y por ello, el destino de los dioses y de los hombres puede ser controlado por él.




Echú es una especie de inspector general de Olodumare, es el dios que se ocupa de informar a la Deidad de lo que ocurre en el mundo y de lo que hacen los hombres. Es el encargado de inspeccionar el culto y los sacrificios y ver que se hagan en forma correcta.


Echú, por tanto, no es un poder maligno opuesto a la Deidad Creadora, por el contrario, es uno de los colaboradores más eficaces con que cuenta Olodumare. Lo que sucede es que Echú es un dios lleno de contradicciones, es una divinidad maliciosa a quien parecen divertir las múltiples maldades de que hace víctima a los dioses y a los hombres. Echú no es esencialmente malo. «Echú es demoníaco pero no diabólico». Echú es un pícaro, un tramposo, un personaje peligroso, pero no total y absolutamente perverso. Este «dios de las travesuras se complace en crear situaciones comprometidas, enemistando a los hombres y entorpeciendo sus acciones.




Echú es una divinidad indispensable, sin él nada es posible y con su favor las empresas más difíciles se resuelven satisfactoriamente. Por eso, todos tratan de propiciarlo aunque complacerlo es muy difícil porque Echú es esquivo, caprichoso y tramposo. Se dice que tiene doscientos nombres distintos y por ello es elusivo, engañoso y versátil. Los Yoruba lo llaman «El indulgente niño del cielo», «Aquel cuya grandeza se manifiesta en todas partes», «El que se rompe en mil fragmentos y no puede recomponérsele».




Echú es cruel, generoso, inesperado, rápido, poderoso, traicionero y caprichoso como el azar, como el destino del hombre. Muchos de los estudiosos de la religión afrocubana opinan que Echú es la personificación del azar, de la suerte. Los tratados sobre la religión Yoruba no exponen esta tesis. Sin embargo, Paul Mercier ' refiriéndose a Legba, el Echú dahomeyano, coincide con la apreciación de los autores cubanos. Dice Mercier que Legba «introduce en el destino el elemento de casualidad o suerte». También dice, «cada individuo tiene un Legba, como tiene un destino, y debe propiciárselo para que no se haga peor su destino».


Echú es el guardián de los templos, de las ciudades, de las casas. Es en esta función, de dios tutelar, en la que sus servicios son más apreciados. A pesar de su enorme peligrosidad es muy frecuente encontrar capillas dedicadas a Echú en las entradas de las ciudades. Echú es un buen guardián y de atendérsele con esmero protegerá con celo y eficacia las casas y ciudades donde se le encomienda esa función. Solamente dejará pasar las buenas influencias y cerrará el paso a la muerte y a las desgracias.




Echú juega un papel importantísimo en la adivinación. Según el mito fue él quien enseñó a Orúnmila el sistema de adivinación usando los coquitos de la palma. Existe una gran relación entre Orúnmila y Echú. Al primero, como dios de la sabiduría le es permitido saber los deseos de la Deidad que comunica a los hombres a través del oráculo. Cuando los consejos de Orúnmila son desatendidos, es Echú el encargado de castigar al transgresor. A cambio del servicio que Echú presta a Orúnmila, éste lo alimenta. Cuando Echú no está satisfecho con la paga que recibe, se dedica a entorpecer los trabajos de Orúnmila.












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